acerca de la noche (30)

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Mientras hablábamos

La noche era el árbol de la palabra.

Mientras hablábamos

como al abrigo de un frondoso y sabio mamoncillo,

Inmenso, como solo la noche sabe ser inmensa.

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Bajo sus ramas incandescentes

sólo contaban

la exaltación de los verbos,

las piruetas que los adjetivos ensayaban

una y otra vez en el aire invisible,

ansiosos de impresionar

los nombres de las cosas que exhalaban,

como por descuido, su aliento más íntimo

para nombrar el mundo.

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Plática donde todo era tensión y vértigo,

encanto o consentimiento.

Ebriedad sumada a la ebriedad.

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Voces que entrelazadas

secretaban, al margen del bullicio,

estos hilos que remonto en cada pérdida,

en busca de un tejido germinal

donde poder regenerar el camino.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

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acerca de la noche – 29

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La mañana se despliega por el cuarto,

Y en el estruendo matutino,

Con el último silbo del sereno, se va la noche.

Abres los ojos,

El oído se vuelve indiferente a la minucia,

Como si las hojas dejaran de caer

Y dejaran de crujir las maderas y las sábanas,

Y cesara el goteo de la verdad

Confinado en el insomnio.

El día nos hace sordos.

Todo lo invade, autoritaria, la mirada.

No hay más forma de saber del otro,

De saber si un eco responde alrededor.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

de la noche y de los ríos (21) poema completo

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Yo sé de ríos negros

por los que viaja la noche,

de arenas grises donde tiende al sol

su secreta lascivia;

he sentido sus peces,

plata oscura,

dormir bajo las piedras

y abrazados a ella ignorar la muerte;

he cruzado a vado

la corriente que trastorna

el gris del viento y adormece las brújulas

que buscan en la diagonal triste de la orilla un horizonte,

los remolinos donde la noche se recrea

y baila y se inventa con el barro nuevos avatares.

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Yo sé de ríos negros que la noche disfraza con sus aguas letales

mientras las lluvias golpean en el fastidio hipnótico de los ribereños

la tosudez de sus miserias.

En un instante se echan encima,

secuaces de una infame fechoría,

horda mineral de dragones hambrientos,

ni madre ni dios,

hinchándose el torrente de barro,

hinchándose la noche, insaciables,

destrozan los límites,

arrasan estribos y sementeras,

arrastran las cunas con su llanto adentro,

los gemidos, los rezos impotentes,

todo en un instante de fango y agua letal y piedras,

que deja en el limo de las orillas aleladas

y de gentes lelas,

la costra vieja de la vieja indiferencia.

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acerca de la noche 21 (ríos y noche) sexta y última

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Yo bebí de un manantial

donde nació también, confusa, el ansia de la palabra.

Un manantial de piedra y de penumbra,

de presagios envueltos en la humedad de los helechos.

La luz descendía hasta allí en forma clandestina,

brillaba el pozo al contacto de sus labios.

La oscuridad, en ese entonces, la esperaba en las arenas.

De aquella cañada ¿qué queda?

Solo el aguacero, dicen, acude a revivirla.

Y si sé de ríos por donde corre con opacidad la muerte,

de las aguas negras de agonía,

de una incierta convalescencia,

yo sé también de ríos que van y vienen,

que van y vienen

bajo el sol, bajo cuantiosas lunas,

y que fuera de mi voz

desembocan en el olvido.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

acerca de la noche 21 (los ríos y la noche – quinta)

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Yo supe alguna vez de la niñez al borde de los ríos…

Los domingos se demoraban alrededor del brasero

o contando los rebotes, todavía mágicos, de los guijarros sobre las aguas,

prohibidas a la sed,

donde algún arroyo venía a morir, abandonando en el torrente

la brevedad de su transparencia…

La luz huía también, pero no lo sabíamos:

tras el recodo que servía de horizonte

el río retornaba a su imposible monotonía

cargado de oscuridad y

un cansancio de otra edad se insinuaba

en el carbón tibio de la memoria.

Por las trochas de la cordillera bajaban

en tropel las sombras.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

acerca de la noche 21 (cuarta)

Y he visto desde los puentes ríos de alquitrán

en cuyo limo

el vientre de la tierra constata su propia agonía,

encinta de una cerrazón sin horizontes.

No hay peces en sus aguas moribundas,

solo corrupción, heces,

fruto de nuestro yerro voraz, infatigable.

He cruzado puentes inútiles sobre esqueletos de ríos, inmóviles en sus

lechos donde la espuma ni siquiera es un recuerdo.

He escuchado cómo aúllan por debajo de la ciudad

ríos fantasmas condenados en la oscuridad de las cloacas

a su auto de fé cotidiano.

Por las cascadas baja un orín lento

que las piedras sorben sedientas detrás de las neblinas.

Se oxidan en las orillas las bateas narcóticas,

ya no hay oro ni dioses,

por la corriente turbia solo azogue y pestilencia.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

acerca de la noche – 28

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Uno se pone a contar sus noches,

como de niño contaba los botones del gabán,

uno a uno, temiendo equivocarse.

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La lista es larga

de oscuridades donde pusimos el fervor de la luz hasta apagarnos,

de barcas que yacen en el fondo oscuro por el agua que dejamos de achicar,

y de esmaltes deshechos en el peltre gris de las palabras

cuando la espalda fue más fuerte que la frente,

cuando el dolor del otro se quedó del otro

lado de las tapias.

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Aún quedan ojales por engarzar mientras todo se cierra:

tanto empeño en la miopía, se dice uno,

tantas derrotas frente a la penumbra,

el yugo de su sosiego por consuelo.

Cómo olvidar los falsos escondites,

las mentiras,

las metas que los calambres alejaron…

las distancias por dentro.

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se pone uno a contar sus noches

como una forma de buscar la luz,

y se nos va la vista en la tarea

de alcanzar nuestra propia mansedumbre.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018