3 de Octubre (el día del no)

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« el gallo pinto se durmió,

esta mañana no cantó,

todo el mundo espera su cocoricó,

el sol no salió porque no lo oyó ».

canción infantil

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Las frutas amanecieron amargas en las ramas:

hay niebla en su pulpa,

resaca de cenizas es su almendra.

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Estaban listos los costales, las agujas de enfardelar, las enjalmas.

Desde el sueño las manos madrugaban febriles a la cosecha.

Por el aire siete aromas.

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Era la víspera y nadie más cantaba en las subastas de la muerte.

Los frutos esperaban cumplir su promesa en la amnesia de los paladares.

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¿Con qué tinieblas se nutrió el rocío

para amputarle a la aurora sus colores?

¿para acibarar toda dulzura?

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La misma vieja hiel,

racha de hielo,

torva, bruna hasta los huesos,

la bilis que agasaja el cañón y los puñales,

la misma vieja larva agazapada en las pepitas.

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El odio llamó a rebato,

Por el aire las alertas.

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Se amilanó la savia

¡ni un paso más! Un, dos, tres ¡estatua!

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Los tazones mañaneros arrecian de amargura

y es que no cesa la noche y todo está suspenso

y no hay canto ni fruto ni mañana que regrese.

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Leonardo Torres Londoño, obra en obra, 2016

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Poema escrito pensando en la paz

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VERSION 3

Yo no tengo banderas para poner en mi ventana;

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desde aquí contemplo la majestad indiferente de los paisajes; escrutando un poco más reconozco,

su propensión al ensueño,

sus pesadillas.

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Hasta ayer llegaba su tumulto

amenazante y también el olvido.

Distinguía los ruidos que hace el odio al revelarse,

el crepitar inflamable del dolor,

su prole. La guerra.

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Hoy hay algo que se mueve:

han de ser los hombres que aprisionaban el paisaje,

dejando en paz, por fin, los nidos de los pájaros.

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Yo sé que tengo que abrir mi ventana,

darles señas para encontrar el camino y,

deshacerse de su letal impedimenta.

Que vengan a enterrar la muerte que sirvieron.

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Como no tengo bandera

pondré un cuenco en el alféizar

con aguas duras del páramo

para quitarse tanto horror de las manos, y

después de envolver en un pañuelo mi temor y mis cuchillos,

levantar la vista y esperar que un paisaje se dibuje de nuevo.

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PRIMERA VERSION

Yo no tengo banderas para poner en mi ventana;

desde aquí contemplo los paisajes que me enseñaron a mirar

y envolvieron mis palabras con sus voces;

escrutando un poco más reconozco su majestad indiferente,

su propensión al ensueño.

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Llega un tumulto también

que me amenaza y luego olvido.

Distingo los ruidos que hace el odio al expresarse,

el crepitar inflamable del dolor,

su prole.

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Han de ser los hombres que aprisionaban los paisajes,

mis hermanos,

dejando en paz, por fin, los nidos de los pájaros.

Y sé que tengo que abrir mi ventana,

a lo mejor darles señas para encontrar el camino y,

como no tengo bandera,

buscar un cuenco para, antes de abrazarnos,

quitarnos tanto horror de las manos y la cara.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

2 de octubre de 2016 : plebiscito por los acuerdos de paz en Colombia

acerca de la noche 16 (criaturas nocturnas)

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Sorprendentes mariposas nocturnas,

polillas

que todos espantan y aborrecen.

La belleza bronca de sus alas ¿quién la aprecia, quién la adivina siquiera?

En su organismo, todo prescinde del sol,

nacen para reinar en la oscuridad.

¿Cómo entenderlas?

De espaldas a la noche

que les brinda sus cielos

donde riñen estrellas y luciérnagas,

enloquecidas,

se agotan hasta morir

a los pies de un impertinente bombillo.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

acerca de la noche (15)

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Si fueron tus ojos no lo sé,

tu boca dijo algo

prohibido,

murmuraban las salivas,

y alertó los senos que te nacieron en mis manos;

tus manos ¿qué buscaban?

tu piel se desplegó,

tu vientre,

¡cuántos caminos!

Me incliné hacia tu sombra

para abrir tus labios nuevos:

dejaron de sonar las horas,

mi lengua lamía

tus cuencas húmedas.

¿Dónde los puntos cardinales? no lo sé,

pero tus muslos conocían  mi destino,

arrastraban mi cuerpo todo hasta tu entraña.

En tu sexo una vegetación ignota,

ya madura,

impelía mi sexo con

su oscuridad señera.

Dejábamos de ser nosotros

para saber quiénes éramos

arrancándole a la noche

que gemía en tu garganta

algún oráculo…

tu feminidad, mi hombría.

¿Cuál fue tu nombre? No lo sé, pero guarda

a cambio del peligro triste y fugaz de mi simiente

el temblor definitivo

que devolvía el alba a su inocencia.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

Acerca de la noche – 14

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Después de las doce, la noche se ponía sus máscaras:

los hombres sumaban su propia oscuridad

00000000000000000000a la oscuridad tramposa de las calles.

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Frío el aire del acero, y el añil cortante,

falsos los silencios al pie de la cuesta.

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De pie, detrás de cada árbol, los peligros hacían temblar

la incertidumbre en la cara de todas las monedas, pero

la edad de los indultos que nos guiaba nos llevaba de vuelta a casa,

indemnes,

ahítos,

el ánimo despierto, hecho un rebrujo.

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Entendíamos así que aquella oscuridad que empollaba el día,

empollaba también su luz,

0000nuestras laceraciones,

00000000todos los anhelos.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

acerca de la noche (13)

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Para entonces la medianoche era una hendija por donde desaparecían las horas,

un cenit latente que saldaba la cuenta del tiempo.

Era también una ilusión y una pregunta,

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pues éramos niños, sí,

y las doce campanadas sonaban solo por el ojo oscuro de los sueños.

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Crecer, crecer,

echar abajo los tabúes, las fronteras.

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Si por aquella brecha alimentaban nuestra inocencia

con el óbolo enmascarado que custodia las infancias

¿qué regalaba la medianoche a los adultos?

¿de qué batallas o ebriedades era el campo?

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¿Era una puerta

por donde la oscuridad brindaba otra luz,

un hito en que los cuerpos quebraban su medida,

un grito acaso?

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La medianoche nos llamaba

y desde su infinito de afueras nos sacudía por dentro,

como un badajo, la imminente adolescencia.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

Acerca de la noche (12)

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Eran negras las sotanas,

la pólvora que oscurecía el aire de los colibríes,

y los socavones donde los dioses ocultaban las codiciadas heces,

y el hierro y el látigo,

negra la tinta voraz de sus leyes.

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A la luz que iluminaba nuestra historia la llamaron tiniebla,

a nuestros temores, infierno.

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Lo arrasaron todo.

En los glóbulos ruines de la sangre

nos legaron su laberinto de pecados,

la tentación de la bajeza,

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y al despojarnos de nuestra propia oscuridad,

nos despojaron de todas las albas.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016