llamado

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Este no es un poema,

no es más que un llamado de auxilio a las palabras,

un pedido de refuerzos contra las escaramuzas del silencio.

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Contemplo en el paisaje el cañón del río, sus mármoles,

el amarillo virtuoso de los pájaros.

Por las calles empedradas que recorro

el pasado va desocupando, sin más, las casas.

Me miro entre la gente,

disuelto casi, esperando oír mi nombre.

Aquí conviven infiernos y paraísos

que dejaron de ser y siguen siendo míos.

Acuden por fin, con el dolor y la sorpresa,

unas palabras apenas,

nacidas de la pena y la memoria.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2017

dos de enero (poemas urbanos)

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Dos de enero.

Esqueletos de pinos invaden las aceras:

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despojados de toda prestancia

esperan los recolectores de basura.

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Ni un solo rastro de sus atavíos navideños;

y hasta las más fieles de las hojas del bosque los han abandonado.

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No hace mucho fueron árboles. Ayer tan solo

eran el centro de la luz y de la dádiva.

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Pero es hoy, reyes depuestos que el fuego espera,

cuando exhiben aquello que aprendieron en compañía de los hombres.

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Solo que ya no queremos ni mirarlos.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2017

acrílico con chiquilla (poemas urbanos)

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1

Frente al paso peatonal, al borde de la acera

una pequeña niña espera la luz verde.

No hay coches,

y aunque todo en ella revela desparpajo y porfía,

en su interior, la voz terminante de sus padres

serpentea entre sus sienes al compás de la libertad.

.

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2

Frente al paso de cebra una chiquilla espera,

atenta a la silueta verde del semáforo.

Yo la miro desde el otro andén.

Si nadie conoce el dictado de su imaginación,

su tensión revela la inminencia de alguna hazaña.

Yo me preparo también

preguntándome cuándo empecé a morir.

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leonardo torres londoño, poemas a la manera norteamericana, 2017

acerca de la noche (18)

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Corro los postigos y la luz del día no aparece,

pese a la desmañada figuración del sol.

Las flores abrieron, es verdad,

las gentes empujan, cansinas, su rutina pues

los relojes echaron a correr antes del alba.

Y el alba pasó y no hay luz.

« Será el invierno », me digo, mirando el calendario

y en el cielo gris lo gris de su deshoje;

« o mis ojos, quizás », cuyo horizonte boga hacia las sombras.

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Del mundo llega un eco: tal parece que

la historia no deja de nacer entre descombros,

sin lograr saciar la indiferencia.

Las ciudades se vuelven ruinas sin mediar el tiempo,

la locura aupando a la avidez y a la miseria hasta dejar solo

el cascarón del hombre, su corazón ausente.

Y muerte y luto y la orfandad preñada.

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A lo mejor, en medio de las llamas, todo es oscuridad

y la luz empieza allí donde crepita, señera, alguna voz.

Pero ¿dónde?

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

buitres y poesía

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De niño,

en la finca paterna donde íbamos a veranear

(Villeta, Cundinamarca),

pasaba mucho tiempo contemplando en el cielo el círculo paciente de los gallinazos.

Cuando se reunían tres o cuatro en torno a alguna corriente de aire,

la imaginación, acicateada por los westerns del cinematógrafo,

esbozaba reses muertas, alguna mula arrastrada por la corriente del río.

Nunca la probable realidad de una iguana, alguna comadreja, un ratón muerto.

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Por ese entonces las palabras solían imitar el vuelo de los buitres,

trazando círculos invisibles alrededor de una frase que nacía con dificultad,

antes de descender o desaparecer simplemente sin más huella.

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Nunca supe porqué la fascinación que me procuraba la majestad irónica de aquellas aves carroñeras

no se detenía allí, sin más, y

conducía, cada vez, a la poesía.

Tampoco sé qué traducía de aquella realidad banal,

ni recuerdo qué decía la emoción cristalizada en las primicias del lenguaje.

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Ahora

las palabras repiten, solas, aquella ceremonia

y suelen caerle a picotazos a mis poemas muertos.

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leonardo torres londoño, 23 de diciembre de 2016 (a la manera nortemericana)

poema inspirado en la bella película « Paterson » de Jim Jarmusch

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SEGUNDA VERSION

De niño,

en la finca paterna donde íbamos a veranear,

(Villeta, Cundinamarca)

pasaba largos minutos contemplando en el cielo el círculo paciente de los gallinazos.

Cuando se reunían tres o cuatro en torno a alguna corriente de aire,

la imaginación, acicateada por los westerns del cinematógrafo,

esbozaba reses muertas, alguna mula arrastrada por la corriente del río.

Nunca la escueta realidad de una iguana, alguna comadreja, un ratón muerto.

000

Por ese entonces las palabras solían imitar el vuelo de los buitres,

trazando círculos invisibles alrededor de una frase que nacía con dificultad,

antes de desaparecer sin más huella.

000

Nunca supe porqué la fascinación que me procuraba la majestad irónica de aquellas aves carroñeras

no se detenía allí, sin más, y

conducía, en cambio, cada vez, a la poesía.

Tampoco sé qué traducía de aquella realidad banal,

ni recuerdo qué decía la emoción cristalizada en las primicias del lenguaje.

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Ahora

las palabras repiten, solas, aquella ceremonia,

pero solo el silencio desciende

para caerle a picotazos a mis emociones muertas.

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leonardo torres londoño, poemas a la manera norteamericana, 2016

poema inspirado en la bella película « Paterson » de Jim Jarmusch

3 de Octubre (el día del no)

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« el gallo pinto se durmió,

esta mañana no cantó,

todo el mundo espera su cocoricó,

el sol no salió porque no lo oyó ».

canción infantil

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Las frutas amanecieron amargas en las ramas:

hay niebla en su pulpa,

resaca de cenizas es su almendra.

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Estaban listos los costales, las agujas de enfardelar, las enjalmas.

Desde el sueño las manos madrugaban febriles a la cosecha.

Por el aire siete aromas.

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Era la víspera y nadie más cantaba en las subastas de la muerte.

Los frutos esperaban cumplir su promesa en la amnesia de los paladares.

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¿Con qué tinieblas se nutrió el rocío

para amputarle a la aurora sus colores?

¿para acibarar toda dulzura?

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La misma vieja hiel,

racha de hielo,

torva, bruna hasta los huesos,

la bilis que agasaja el cañón y los puñales,

la misma vieja larva agazapada en las pepitas.

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El odio llamó a rebato,

Por el aire las alertas.

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Se amilanó la savia

¡ni un paso más! Un, dos, tres ¡estatua!

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Los tazones mañaneros arrecian de amargura

y es que no cesa la noche y todo está suspenso

y no hay canto ni fruto ni mañana que regrese.

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Leonardo Torres Londoño, obra en obra, 2016

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