pulpa de papel

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Mi abuelo tuvo sueños y caballos :

Uno de ellos lo mató pero murió en sus cafetales.

Mi padre colgó naranjas de los árboles creyéndolas de oro,

Plantó caña dulce, luego café como si fuera un refugio.

Lo perdió todo, la Muerte lo dejó llorar antes de llevárselo.

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Yo que no heredé tierrra alguna,

Sólo sombras, sueños,

Siembro en estas páginas mis únicas semillas.

Este cuaderno es todo mi terruño.

Paso el arado, podo, transplanto.

Abono el surco con el cieno de los días.

El sol reverbera en él, quema mi sudor, mi frente.

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De los frutos que cosecho

algunos son de sabor amargo y brunos,

como golpeados por la resaca del  mundo.

Otros maduran a favor de los astros

O de los colibríes.

Tienen la textura de mis años y del corazón un dejo.

Son susurros, llamadas, quejas, gritos.

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¿A quién le gustaría morderlos ? ¿A quién, que no sea el eco ?

Si no van de boca en boca, ¿para qué los quiero?

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Leonardo Torres Londoño, (poemas del cajón), Diciembre 2008 / Febrero 2009

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A labranza inútil, oportuna tala.

poema de las direcciones 20

Habría que empezar otra vez hacia atrás,
desde este silencio al que hemos llegado: vertedero
donde las palabras de tanto enmudecer
enmohecen hasta volverse culpa, ortiga, curare para el dardo.

Y es que no le caben más zozobras, improperios, porqués desalentados;
boca ahíta de resuellos, umbral oscuro.

Habría que preguntar dónde quedó el silencio de cuando la sangre
se encerraba como a escondidas con la vida
¿Cómo era?
Un silencio líquido de cero y de infinito
donde flotaba la ingravidez de todo derrotero,
antes de la pólvora, de la medida del espanto.

De hallarlo en algún rellano de la memoria
deberíamos ponerlo al abrigo,
congregarnos para
esperar, sin más, su balbuceo:
las raíces que se extienden sin rango en todas las direcciones
soliviantando las parálisis, los nortes;
cada rama buscando lo mejor de la luz
y en cada rama la perennidad del árbol.

saturación de la muerte (París 13 de noviembre)

la noche era la luz
amistosa de las voces en el aire tibio de los viernes
que saturaba las guitarras

la oscuridad no vino del cielo
surgió del horizonte exacto de la muerte
ocho siluetas muertas ya
todo muerto en ellas
de tanto salmodiar el odio
con que aherrojaron a su dios
abrieron torvas sus gargantas
lo helaron todo en un instante
su fetidez de acero se repitió en el aire
hasta apagar la noche
el aliento cálido de las voces
las guitarras
y dejar tras ellos la saturación de la muerte

y entre las alarmas del silencio la hueca estupefacción de las palabras

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en memoria de las víctimas de la masacre de París

leonardo torres londoño, 15 de noviembre de 2015

poéticas pretenciosas 13

Un poema, digo, es una forma arborescente, empecinada del mirar :

cuando el mirar no alcanza,
cuando algo así como la niebla aniebla,
apiñando sus bártulos en torno a la vigía
las palabras alinean un nuevo palimpsesto:

El barco aproa entonces hacia una embriaguez ignota,
la luna se alela en el lucernario,
se enlazan las sombras enlazadas bajo la luz de las luciérnagas;
la lluvia salva las materias agrias del pasado,
el extranjero teje y desteje su fábula sin avistar el paraíso,
allá donde las turbulencias del infinito enredan las golondrinas.
¿Y abril ? Abril se vuelve cruel,
gime el acero y el poeta llorando se aleja de sí mismo:
se pregunta si no puso sin querer alguna palabra en la nada
al mirarse en el sigiloso teatro del espejo,
el corazón oblicuo,
a cuestas su fracaso.

Usurpaciones a Arthur Rimbaud, León de Greiff, Pierre Reverdy, José Asunción Silva, Alvaro Mutis, Giovanni Quessep, Henri Michaux,  Vicente Huidobro, T.S. Elliot, Antonio Gamoneda, Roberto Juarroz, Jorge Luis Borges, Chantal Maillard, Rafael Cadenas.

leonardo torres londoño, obra en obra, 2015

poéticas pretenciosas 10

10

El origen de un poema ¿a quién le importa?
¿Saber del sigilo de su gestación,
del avatar efímero de sus parteras?

Importa que el poema se despliegue en el horizonte
de quien sepa descorrer sus propias nubes
y propiciar con él otros puntos cardinales…

que, nazca donde nazca,
su caudal perturbe la monotonía letal de las orillas…
que arrastre piedras y conmueva los parapetos del asombro

que, por él, regrese el soldado a su corazón mutilado en la trinchera

que, lluvia,
alivie la raíz, y a veces la tierra en la que somos…

importa que el poema crezca en el silencio de quien lo guarda,
ramificando sus talismanes, sus intervalos…

que deslave el ajuar postizo de la lengua,
que la arriesgue y se equivoque y vuelva a comenzar con ella…

que abra un nuevo sumario a la mentira
y entre sus versos resguarde los arreboles de la rabia…

importa que ahuyente al mercader y se oculte si vienen a buscarlo…

que su altar anide entre los trastos…

que embote el pedernal azul de los venenos
y quite lastre a quien lo dice
y quite lastre a quien lo escucha…

importa que se enrede en la oscuridad por la que vamos,
que traspase las grietas y los centros…

que guarde memoria de la vida y de las vidas de la muerte…

que el poema celebre y desvista los abrazos
en una sola voz y en otra y otra

cuando llegue,
cuando llegue.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2015