acerca de la noche – 37

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La noche llora cuando el alba llega,

me decían :

un llanto quedo y sin orgullo

cubierto por el ruido de los pájaros

como una despedida inútil, redundante.

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Yo salía a mirar

y en los prados me parecía ver las lágrimas

todavía frescas, todavía frágiles, enteras,

que la noche, en cada hoja, ofrecía sin pudor al vigor de la mañana.

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Y desde entonces no he dejado de pensar que de verdad llora

y es la tierra quien recoge aquel óbolo diario

que, al desvanecerse en el desdén del día,

no alcanza nunca a detener la pena,

no alcanza siquiera a detener la arremetida del desierto.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

 

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acerca de la noche – 36

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¡Cuántas cosas os guardasteis en la noche,

cuando la historia bullía

y erais la espada y el viento en la veleta!

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Héroes patrios,

¡os debíamos tanto!

La libertad que acuñasteis

merecía la gloria ¿y la rapiña?

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leonardo torres londoño, 0bra en obra, 2018

acerca de la noche – 35

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Cada que queréis invitáis la noche al banquete :

pagáis el disfraz, los atuendos, las granadas de colores :

hoy va vestida de algoritmos,

de secreto bancario,

de estrategias industriales.

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Un mismo linaje.

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Los metecos entrevemos

la escena,

atentos a las sobras.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

acerca de la noche (33 – la Historia)

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Cuando vimos el color de su piel,

su manera sarcástica de diluírse en la sombra,

pensamos de inmediato en los terrores de la noche

y nos dijimos que aquellos seres tan semejantes a nuestra humanidad

solo podían venir de las tinieblas:

creaturas apócrifas,

malditas.

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Entonces,

en el modo de protegernos y purificarnos de su vista

añadimos maldición a la maldición:

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destruímos sus naciones,

despojándolos de sus raíces y de su cielo;

los arrojamos, del otro lado de la mar océana,

a la profundidad de las minas;

los mutilamos y los perseguimos y los mutilamos otra vez;

en guisa de frutos, colgamos sus cuerpos mutilados de los árboles;

regateamos su descendencia en los mercados,

pusimos precio a sus máscaras rituales;

les prohibimos llamar a la puerta de nuestros hostales

y cuando lo hicieron decapitamos a sus heraldos y profetas;

jamás alcanzarán nuestro bienestar sagrado.

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En ello nos empeñamos cada día

escuchando las melodías que su dolor compone.

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Y su historia es una noche que no halla término

y es también la nuestra.

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Suena el tambor.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

acerca de la noche – 29

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La mañana se despliega por el cuarto,

Y en el estruendo matutino,

Con el último silbo del sereno, se va la noche.

Abres los ojos,

El oído se vuelve indiferente a la minucia,

Como si las hojas dejaran de caer

Y dejaran de crujir las maderas y las sábanas,

Y cesara el goteo de la verdad

Confinado en el insomnio.

El día nos hace sordos.

Todo lo invade, autoritaria, la mirada.

No hay más forma de saber del otro,

De saber si un eco responde alrededor.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

de la noche y de los ríos (21) poema completo

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Yo sé de ríos negros

por los que viaja la noche,

de arenas grises donde tiende al sol

su secreta lascivia;

he sentido sus peces,

plata oscura,

dormir bajo las piedras

y abrazados a ella ignorar la muerte;

he cruzado a vado

la corriente que trastorna

el gris del viento y adormece las brújulas

que buscan en la diagonal triste de la orilla un horizonte,

los remolinos donde la noche se recrea

y baila y se inventa con el barro nuevos avatares.

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Yo sé de ríos negros que la noche disfraza con sus aguas letales

mientras las lluvias golpean en el fastidio hipnótico de los ribereños

la tosudez de sus miserias.

En un instante se echan encima,

secuaces de una infame fechoría,

horda mineral de dragones hambrientos,

ni madre ni dios,

hinchándose el torrente de barro,

hinchándose la noche, insaciables,

destrozan los límites,

arrasan estribos y sementeras,

arrastran las cunas con su llanto adentro,

los gemidos, los rezos impotentes,

todo en un instante de fango y agua letal y piedras,

que deja en el limo de las orillas aleladas

y de gentes lelas,

la costra vieja de la vieja indiferencia.

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