acerca de la noche 23

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La cañada quiebra la rectitud del agua.

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Insólito y distante, efigie del pasado,

el gallo canta, se acaba la noche.

Algún fulgor ha delatado a la mañana.

Los sueños vuelven a sus madrigueras,

la oscuridad, donde anida quizás la luz, se adentra.

Si no cantara, ¿qué pasaría?

Y en el fondo del valle

la cañada quiebra la rectitud del agua.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2017

acerca de la noche 21 (tercera estrofa)

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Me han dicho,

y acaso lo vi

pues persiste en mis sueños,

que en los ríos nocturnos se va de la muerte a la muerte.

Entre el ocaso y el alba bajan al garete los muertos de aguas arriba

raspando las piedras con sus relojes inútiles,

al son del tic tac sin fin de las sombras.

Los pescadores los dejan bogar en paz

sin darle a nadie el recado sellado en sus labios

(si te vi no me acuerdo,

pues el río es río y la noche es noche).

Y es que eran ya como botijas,

disueltas las almas y la ropa y los cuerpos

y la traza oscura, que creímos indeleble, de sus asesinos;

Bajaron… siguen bajando aunque salga la luna,

indígenas sin oro de la noche castellana,

negros rebeldes a la noche impune de la esclavitud,

campesinos despojados por la ruleta negra de la codicia,

portavoces de la esperanza mutilados en sus sueños.

Otro amanecer, aguas abajo, los verá

salir del lecho nictálope sin importar qué

aves sin aguero limpien sus huesos.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2017

acerca de la noche 6

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Primero estaba La Noche insoslayable,

todo en ella vértigo, todo

córnea constelada.

Era tan fácil perderse

sin cenit alguno en las estrellas.

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Había otra noche debajo del almendro,

menos alta,

atada por un sendero de hormigas a la presencia terca de las raíces.

Hojas en lugar de astros.

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Y otra más,

bajo los pliegues de las sábanas:

íntima,

necesaria;

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un abrigo.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2016

pulpa de papel

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Mi abuelo tuvo sueños y caballos :

Uno de ellos lo mató pero murió en sus cafetales.

Mi padre colgó naranjas de los árboles creyéndolas de oro,

Plantó caña dulce, luego café como si fuera un refugio.

Lo perdió todo, la Muerte lo dejó llorar antes de llevárselo.

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Yo que no heredé tierrra alguna,

Sólo sombras, sueños,

Siembro en estas páginas mis únicas semillas.

Este cuaderno es todo mi terruño.

Paso el arado, podo, transplanto.

Abono el surco con el cieno de los días.

El sol reverbera en él, quema mi sudor, mi frente.

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De los frutos que cosecho

algunos son de sabor amargo y brunos,

como golpeados por la resaca del  mundo.

Otros maduran a favor de los astros

O de los colibríes.

Tienen la textura de mis años y del corazón un dejo.

Son susurros, llamadas, quejas, gritos.

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¿A quién le gustaría morderlos ? ¿A quién, que no sea el eco ?

Si no van de boca en boca, ¿para qué los quiero?

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Leonardo Torres Londoño, (poemas del cajón), Diciembre 2008 / Febrero 2009

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A labranza inútil, oportuna tala.

Gabo ( 1927- 2014)

Gabo

“Pero se iba tranquilo a las praderas de la muerte definitiva, porque Aureliano tenía tiempo de aprender el sánscrito en los años que faltaban para que los pergaminos cumplieran un siglo y pudieran ser descifrados”.

Gabriel García Márquez

(Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927, Ciudad de México, 17 de abril de 2014)