llamado

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Este no es un poema,

no es más que un llamado de auxilio a las palabras,

un pedido de refuerzos contra las escaramuzas del silencio.

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Contemplo en el paisaje el cañón del río, sus mármoles,

el amarillo virtuoso de los pájaros.

Por las calles empedradas que recorro

el pasado va desocupando, sin más, las casas.

Me miro entre la gente,

disuelto casi, esperando oír mi nombre.

Aquí conviven infiernos y paraísos

que dejaron de ser y siguen siendo míos.

Acuden por fin, con el dolor y la sorpresa,

unas palabras apenas,

nacidas de la pena y la memoria.

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leonardo torres londoño, obra en obra, 2017

versiones de Bogotá

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Que no se busque el sur ya no es posible

hallarlo la ciudad suplantó sus lodazales magnéticos por un

laberinto mortal de periferias pistoleros niños que

lloran cubiertos de polvo la ausencia

del sol las cuatro direcciones El norte

 

huye poco a poco sin sus cementerios con

ganas de olvidar que un día fue sinónimo de tres puentes o

de lejos o de padre que volvía con cometas Del oeste

 

no quedan sino hilachas de plástico y de flores

 

Solo el oriente rechaza los asedios sus escarpas lo custodian

así la lluvia las percuda o la fiebre inmobiliaria y la

brumosa acidez de la miseria

las cubran de detritus

 

En el centro

la lengua ha ido desfigurándose de tanta bofetada qué importancia si

cada cual la reconoce y le confía sus mandados

 

Es más urgente bajar bandera antes de

asfixiarse en los andenes sobre-

vivir a las seis de la tarde sin

mojarse los zapatos en la batalla gris del aguacero buscando su camino

 

Para evocar mi ciudad ya no basta acumular con desconcierto sus oficios

ni siquiera acomodando la sintaxis con briznas inconexas

Los recuerdos tampoco sirven

nadie más camina sobre los pasos de su infancia

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Los vecinos dejaron de hablarse

sus casas yacen bajo los cimientos de altas torres

las calles son cada día más estrechas menos viables

prosperan los miasmas en las horas pico

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Hay obras que remplazan otras obras

lugares en lugar de otros lugares túneles

que al terminarlos de cavar se tapan Raponeros Las

ciudades se deshacen creciendo desde dentro

Viceversa

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Los vendedores de chance y lotería son sus profetas son ellos

quienes ponen de pie los amaneceres

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A menudo se oyen disparos apagados por las rocolas donde se rayan los olvidos

Los coches fantasmas llevan a sus presas de un lugar a otro cubiertos por

la noche toda llena de mordazas y de rastros y de manchas

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Pero el sol el sol

el sol ofrece aún sus arreboles

al tiempo que se derrite en las bocas el algodón de azúcar y

los poetas leen sus versos en los parques donde

renacen incrédulos los urapanes y

la luna se pasea sin miedo acompañando a

los desplazados que se afincan con sus carritos de raspado y mango viche que

los niños compran camino de la escuela en uniforme y

los que se han ido regresan

regresan

para no perder el hilván con el que le cosen el ruedo a sus destinos

para no perderle el hilo a la ciudad a la

tumefacción de las palabras

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leonardo torres londoño, 2014

Poema de los cerros bogotanos

 

Cerro de Monserrate visto desde el barrio La Macarena

Son azules las montañas, no cabe duda.
Lo dicen los poetas que las ven cada mañana y
cada mañana intentan ponerles un nuevo color, pero fracasan.
Al fin y al cabo el verde no es más que un azul mestizo
y los eucaliptos no saben muy bien qué color tienen sus hojas.

Son negras las montañas, no cabe duda.
La noche lo confirma en cada una de sus noches y
ninguna se ha atrevido a darle una opinión contraria.
Negra es la tierra, el hormiguero,
negro es el hollín del rencor en los fogones.

Son grises las montañas, no cabe duda.
Nadie las ha visto esta mañana entre la niebla y
si alguien se acercó para tocarlas, niebla eran sus manos.
Cada cual tiene su jardín secreto, sus zonas grises
donde ponerse al revés, y sin ser visto, los calcetines sucios.

Son rojas las montañas, no cabe duda.
Lo sabe el sol que ha contemplado sus espaldas y
cada tarde les regala de su reflejo escarlata los rubores.
¿Acaso no son rojos los ladrillos apiñados, peligro arriba, bajo los techos,
febril el flanco de quienes cuelgan la vida en la inconstancia de sus barrancos?

Son verdes las montañas, no cabe duda.
Todos lo juran, apostarían a ciegas por ello y
ponen a los árboles como testigo: los nogales, ellos, no dicen nada.
Es verdad, la clorofila habla por la botánica, los juncos de sus humedales,
y hasta el verde que añadieron al lugar común de la esperanza.

Son de todos los colores las montañas, no cabe duda.
Blancas son las canteras que atentan contra su sexo de musgos y
a sus aguas desahuciadas les prometen el color plural de los desechos.
Junto a los perros pardos gimen los disparos, el eco dominical, abigarrado, de la ciudad
que al amparo de sus faldas halló un oriente más cierto, más cabal, que el de los dioses.

Poco importa el color de las montañas. Están allí. No cabe duda.
Dándole color a la memoria.

© leonardo torres londoño, obra en obra, 2011 (a la manera antigua)

Agradecimientos a Mar Agudelo por sus fotos.