Poema de los cerros bogotanos

 

Cerro de Monserrate visto desde el barrio La Macarena

Son azules las montañas, no cabe duda.
Lo dicen los poetas que las ven cada mañana y
cada mañana intentan ponerles un nuevo color, pero fracasan.
Al fin y al cabo el verde no es más que un azul mestizo
y los eucaliptos no saben muy bien qué color tienen sus hojas.

Son negras las montañas, no cabe duda.
La noche lo confirma en cada una de sus noches y
ninguna se ha atrevido a darle una opinión contraria.
Negra es la tierra, el hormiguero,
negro es el hollín del rencor en los fogones.

Son grises las montañas, no cabe duda.
Nadie las ha visto esta mañana entre la niebla y
si alguien se acercó para tocarlas, niebla eran sus manos.
Cada cual tiene su jardín secreto, sus zonas grises
donde ponerse al revés, y sin ser visto, los calcetines sucios.

Son rojas las montañas, no cabe duda.
Lo sabe el sol que ha contemplado sus espaldas y
cada tarde les regala de su reflejo escarlata los rubores.
¿Acaso no son rojos los ladrillos apiñados, peligro arriba, bajo los techos,
febril el flanco de quienes cuelgan la vida en la inconstancia de sus barrancos?

Son verdes las montañas, no cabe duda.
Todos lo juran, apostarían a ciegas por ello y
ponen a los árboles como testigo: los nogales, ellos, no dicen nada.
Es verdad, la clorofila habla por la botánica, los juncos de sus humedales,
y hasta el verde que añadieron al lugar común de la esperanza.

Son de todos los colores las montañas, no cabe duda.
Blancas son las canteras que atentan contra su sexo de musgos y
a sus aguas desahuciadas les prometen el color plural de los desechos.
Junto a los perros pardos gimen los disparos, el eco dominical, abigarrado, de la ciudad
que al amparo de sus faldas halló un oriente más cierto, más cabal, que el de los dioses.

Poco importa el color de las montañas. Están allí. No cabe duda.
Dándole color a la memoria.

© leonardo torres londoño, obra en obra, 2011 (a la manera antigua)

Agradecimientos a Mar Agudelo por sus fotos.

 

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