acerca de la noche 21 (los ríos y la noche – quinta)

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Yo supe alguna vez de la niñez al borde de los ríos…

Los domingos se demoraban alrededor del brasero

o contando los rebotes, todavía mágicos, de los guijarros sobre las aguas,

prohibidas a la sed,

donde algún arroyo venía a morir, abandonando en el torrente

la brevedad de su transparencia…

La luz huía también, pero no lo sabíamos:

tras el recodo que servía de horizonte

el río retornaba a su imposible monotonía

cargado de oscuridad y

un cansancio de otra edad se insinuaba

en el carbón tibio de la memoria.

Por las trochas de la cordillera bajaban

en tropel las sombras.

000

leonardo torres londoño, obra en obra, 2018

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4 pensamientos en “acerca de la noche 21 (los ríos y la noche – quinta)

  1. …la brevedad de su transparencia…la luz que huye como el río…
    Imposible no evocar a Jorge Manrique con sus ríos que van a dar a la mar. La vida como una chispa, encuentros que son destellos, guijarros, aguas que mueren en el agua.
    Que tengas un feliz día celebrando tu destello en el río de la vida.
    Abrazos fluyentes

  2. Claro, es un poema en el que es imposible no pensar. Por ahí circula en filigrana… entre las aguas. Tengo un poco enredado este poema, por las cosas que van surgiendo. Yo vivía en una casa del barrio de la Soledad en Bogotá. Por la esquina de la casa bajaba la quebrada del Arzobispo, un riachuelo que había sido canalizado y por el que corría un agua de dudosa transparencia y que muchas personas llamaban “el caño”, pues desembocaban allí grandes tuberías, a lo mejor del agua lluvia de las calles. Mucho jugué yo en sus “orillas” tan particulares de prado y ladrillo.
    En la región de tierra caliente donde veraneábamos pues mi padre tenía allí una finca, había también un río que debíamos cruzar a vado o por un puente colgante para llegar a la casa. En las noches se veía un recodo a lo lejos, iluminado por la luna, y fue un motivo de escarceos literarios (un romanticismo que no ha desaparecido del todo, pese a mis esfuerzos). Además, uno de los límites de la propiedad era una quebrada, un arroyo cuyo manantial se encontraba un poco más arriba y de donde sacábamos el agua para el uso doméstico. Es un lugar mítico para mis hermanos y para mí. Todos los años hacíamos una expedición hasta el nacimiento, remontando la corriente y escalando piedras, con la imaginación desatada. Un lugar mágico, con la roca y esa vegetación desmedida del sotobosque húmedo y el agua que brotaba sin que uno pudiera saber cómo ni dónde exactamente. Aguas que nunca me han abandonado y siguen alimentándome, de manera regular, los versos…
    Un abrazo y gracias!

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