pulpa de papel

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Mi abuelo tuvo sueños y caballos :

Uno de ellos lo mató pero murió en sus cafetales.

Mi padre colgó naranjas de los árboles creyéndolas de oro,

Plantó caña dulce, luego café como si fuera un refugio.

Lo perdió todo, la Muerte lo dejó llorar antes de llevárselo.

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Yo que no heredé tierrra alguna,

Sólo sombras, sueños,

Siembro en estas páginas mis únicas semillas.

Este cuaderno es todo mi terruño.

Paso el arado, podo, transplanto.

Abono el surco con el cieno de los días.

El sol reverbera en él, quema mi sudor, mi frente.

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De los frutos que cosecho

algunos son de sabor amargo y brunos,

como golpeados por la resaca del  mundo.

Otros maduran a favor de los astros

O de los colibríes.

Tienen la textura de mis años y del corazón un dejo.

Son susurros, llamadas, quejas, gritos.

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¿A quién le gustaría morderlos ? ¿A quién, que no sea el eco ?

Si no van de boca en boca, ¿para qué los quiero?

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Leonardo Torres Londoño, (poemas del cajón), Diciembre 2008 / Febrero 2009

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A labranza inútil, oportuna tala.

2 pensamientos en “pulpa de papel

  1. Los primeros versos me dejan pensando si a tu abuelo lo mató un sueño o un caballo, me inclino por lo primero, pues creo que los sueños que matan dejan la posibilidad condescendiente de morir después, ya sea en los cafetales o bajo el árbol de naranjas de oro o a la sombra de un ciruelo en los suburbios. Y en los segundos cantos se ve que heredaste la sombra y los sueños. Haces bien en sembrar para que los frutos busquen las bocas. Y tener el terruño en el cuaderno es ya una gran cosa. Cuántos terruños para que maduren palabras antes de que la Muerte las pode.
    Es muy bello tu poema, Leonardo, y me ha conmovido.
    abrazos

  2. Siempre es curioso releer viejos poemas. Uno se reconoce y no, al mismo tiempo. Uno no sabe muy bien si es bueno o no, pues lo mira a través del filto de la escritura reciente.
    En cuanto a mi abuelo, lo mató un caballo, pero puede decirse que era como un sueño : un potro que estaba amansando y que consentía con particular cuidado, hijo de una yegua que lo acompañó durante muchos años y a la cual le tenía mucho cariño; sin duda soñaba con que aquel potro, hecho a su medida, le acompañara largos años, y el potro lo condujo directo a la muerte, pero no es difícil imaginar que, aunque fue atroz pues la agonía duró varias horas bajo terribles dolores, (y la rabia de caerse de un caballo debía de amargar su orgullo) aquella forma de morir no le disgustara; los caballos fueron una verdadera pasión desde su infancia. Murió en su ley, haciendo lo suyo: montar a caballo.
    Bueno, espero que este retorno atrás, esta mirada sobre el terruño en el que llevo semanas sin sembrar, traiga algunas semillas.
    Un abrazo y gracias siempre

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