Las palabras y la herida

yo digo y el que oye recibe
y el que oye se tuerce de dolor
yo digo y mis palabras engendran su silencio
de la voz no queda más que la hiel
sus aguijones

nace el miedo plural
nace el resquemor en la acidez corrosiva de lo oído
las palabras caen y se empozan
se empozoñan
crece el quiste
la mudez se encarna sin hallar resuello

no hay ablación posible
ni surge el perdón
sólo la muerte revienta

© leonardo torres londoño, obra en obra, 2010

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14 pensamientos en “Las palabras y la herida

  1. Querido Leonardo, sin esa torcedura compartida, sin ese decir la torcedura, ¿por qué la poesía aún? Alguien puede cantar «para que la alegría» (Calveyra), pero no desde ahí. Quizás un estado eufórico, un desequilibrio momentáneo, arrebatado a un murmullo lleno. Aún así, no sé si incluso en la poesía hímnica no perdura al fin y al cabo un hilo de melancolía que horada la posibilidad que invoca: escribir desde la plenitud. Si tuviera que tomar partido, finalmente, diría que sólo hay poesía por esa falta constitutiva, porque entre el decir y la escucha hay una brecha de silencio, el aguijón del deseo, y también miedo a que la corrosión, el “empozamiento”, sean finalmente el único trayecto tendido.
    A pesar de todo, de esa muerte ineludible, quizás no todo sea distancia. Y si alguien escucha, la promesa de cercanía está ahí…
    Un fuerte abrazo,
    Arturo

  2. Querido Arturo, y es que la distancia tampoco es completa, rotunda, ella también tiene sus fallas, sus promesas de cercanía. Ya no nos quedan, a lo mejor, absolutos, todo ha sido horadado, también la muerte (la de a diario, la que nos segunda) que, a ratos, como diría Szymborska -creo-, hace tan mal su trabajo y sólo se contenta con malherir la vida (igual que saben hacerlo las palabras). El poema forma, sin duda, parte de esas horadaciones, a condición que alguien lo escuche, un arañazo que no sabe si rasga el aire o una seda.
    Abrazo para ti

  3. Poema duro, poema daga y que sin embargo, algo re-concilia, en un espacio intermedio, quizá aún indecible o insinuado: algo sutura,

    es el poema de alguien generoso, como todos tus versos

  4. Eso que dices, mi muy querido Stalker, me llega hondo, aunque no sé si sea (el poema? yo?) más sincero que generoso. ¿Cómo no decir lo que de veras nos incumbe? ¿Cómo callar los puñales? Igual, fuera del poema siguen obrando. Siempre me ha impresionado el impacto de las palabras y es algo que aparece a menudo en mi escritura, quizás por no poder decir esas palabras que están ahí, dentro, que oí alguna vez o que también dije (lo indecible o insinuado). Quizás de esta aceptación, provengan los puntos de sutura.
    un abrazo
    La próxima entrada será una “circunlocución de la herida” tratando de ahondar un poco en esto mismo a partir de un verso de Chantal Maillard. Inútil decirte que anhelo, aunque la tema, tu lectura.
    Y bueno, para generosidad, la de los lectores que se arriman por acá.

  5. Dos lecturas y el poema toma su profundidad y al mismo tiempo se revela. La palabra que hiere, la palabra herida. La rotura, el silencio, la soledad y el dolor. Recuerdo algo que leía ayer, otra vez: “Cuando huyen de mí, yo soy las alas” Emerson.

  6. La palabra-punta, la palabra-púa, en efecto. Un sonido apenas, una concatenación de sílabas que pueden tener el efecto de un cataclismo en el otro, o pueden sembrarse difundiendo un veneno sin límites hasta la muerte y contra lo cual no encontramos defensa. Ni siquiera la palabra.
    Alegría y honor tenerte por aquí en medio de tus labores
    Un abrazo

  7. poema que sangra, la herida es una boca que dice, y dices mucho, hay una tensión interna en el poema, una corriente devastadora que apuñala, palabra o silencio, y otra corriente en los dos primeros versos que abre brecha y sana, que desde el inicio hace imposible la devastación, revienta a la muerte (¿dónde está oh muerte tu aguijón?) Alguien oye, recibe y se tuerce de dolor con tu decir…

    abrazo que recibe

  8. Todos alguna hemos sido heridos, malheridos, por las palabras. Es un tema al que he recurrido muchas veces, quizás porque las palabras que me hicieron alguna vez daño nunca se han ido y sé que el poema no las exorciza tampoco. Y así como he recibido, también he herido con las palabras. Las palabras abren las heridas más grandes e incurables, y eso, muchas veces, sin que la voz que las pronuncia lo sepa. Todavía recuerdo una frase de mi madre, un chiste sobre mí que no recuerdo a qué edad escuché por primera vez, y ahí está, todos los días. Hace años escribí un texto sobre lo mismo, aquí lo dejo :
    palabras
    que en lugar de morir
    como de costumbre en las manos
    afelpadas del olvido o arrolladas
    por el ir y venir de la hojarasca
    se quedan sonando
    y sonando y resonando…
    badajo monocorde del infierno

    ¡que mis palabras nunca lleguen a algo semejante!
    Recibe toda mi gratitud por tu lectura penetrante.

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