Un día sabes que has llegado
porque conocías el nombre de las cosas y
la sombra inerte de tus padres se confunde, en adelante, con la tuya.
¿Cuáles fueron tus hazañas, tus conquistas ?
Nada sabes de ti pero aun cuando los muebles han perdido su color
se ahorman en un instante a tus fatigas y
en cada punto cardinal hay algo como un viso de ti mismo,
la reliquia que fuiste tanto tiempo mientras fuiste ausencia,
atento a tu mirada.
No tienes por qué llamar a nadie, dar voces,
sólo es sentarte en la cocina y escuchar el canto cotidiano de las ollas sobre el fuego,
la leche derramándose,
sentir el olor del maiz crepitando en la parrilla como si quisiera
pronunciar un nombre que algún día supo decir y ahora,
con la paciencia del calor, repite sus sílabas de repente familiares.
Y quisieras contar cómo es el mundo allá donde logran disiparse los caminos,
las orillas de esos ríos por donde subía antaño nuestro oro,
los palacios,
o jactarte de los labios que dejaron en los tuyos el sabor salino de las piedras viejas…
pero tu memoria ya lacró los cromos y las vistas,
no queda sino el rostro de otros hombres entre los cuales te perdiste,
viandantes sin penates y sin lengua,
y cómo contar el llanto si no es llorando,
porque es de veras lo que quieres, llorarlo todo de una vez,
vaciarte del viajero
para dejar que ocupe su lugar, por fin,
el hombre que había en ti cuando eras niño.
Poco importa entonces que hayan cambiado tu ciudad, que sea otra,
que en los patios rotos de las casas nacieran edificios de oficinas
por donde circula un aire sin traza alguna de tus muertos.
Poco importa que se halle a miles de distancias.
Lo que no sabías al partir el regreso te lo enseña
cuando dejas que los otros, también sobrevivientes,
también desconocidos,
se reconozcan en ese olor a herrumbre de herramientas que despides
a pesar de mares y Mistrales,
mientras van quitándote los antifaces, deshaciéndote los nudos, desnudándote,
abriéndote las puertas de sus ojos
para que veas en ellos, porque sólo en ellos se refleja,
la llegada a ti mismo que esperabas.
© leonardo torres londoño, obra en obra, 2010